Introducción: ¿de qué hablamos cuando hablamos de gestión cultural?
Si preguntamos a alguien qué es la gestión cultural, es probable que obtengamos respuestas ligadas a la organización de eventos, la producción de festivales o la administración de espacios culturales. Y sí, todo eso es parte de la gestión cultural. Pero si nos quedamos solo con esa definición, estaríamos reduciendo una práctica que, bien entendida, tiene un potencial mucho más profundo.Víctor Vich, doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Georgetown e investigador de la Pontificia Universidad Católica del Perú, nos propone en su libro Desculturalizar la cultura: la gestión cultural como forma de acción política una mirada radicalmente distinta . Su tesis central es que la gestión cultural no puede reducirse a una técnica administrativa o a la mera producción de actividades. Por el contrario, debe ser entendida como una herramienta para ejercer un impacto transformador en la comunidad .
¿Y qué significa esto? Significa que cuando nos formamos como gestores culturales, no estamos aprendiendo simplemente a "hacer eventos". Estamos aprendiendo a intervenir en el espacio público, a modificar relaciones de poder, a generar ciudadanía y a luchar contra la exclusión. En palabras de Vich, la gestión cultural es, ante todo, una forma de acción política .
Desculturalizar la cultura: una propuesta provocadora
El título del libro ya nos anticipa una idea provocadora: "desculturalizar la cultura". ¿A qué se refiere Vich con esto? A lo largo de la historia, la palabra "cultura" ha sido secuestrada por visiones elitistas que la asocian únicamente con las bellas artes, el conocimiento académico o ciertas prácticas consagradas como superiores. Esa "Cultura" con mayúsculas ha funcionado muchas veces como un mecanismo de exclusión: solo algunos saben qué es "buena cultura", solo algunos tienen acceso a ella, solo algunos pueden legitimarse a través de ella.
Frente a esto, Vich nos invita a "desculturalizar" para poder volver a pensar la cultura de otro modo. Se trata de desarmar esa idea sacralizada y alejada de la vida cotidiana para entender la cultura como el conjunto de prácticas, creencias, vínculos y relaciones sociales que dan sentido a la existencia de las personas . La cultura no está solo en los museos o en los libros académicos: está en la forma en que nos saludamos, en las canciones que escuchamos, en los modos de organizarnos, en los saberes que heredamos de nuestras familias y comunidades.
Esta redefinición es fundamental porque cambia completamente el horizonte de la gestión cultural. Si la cultura es todo eso, entonces el gestor cultural no es alguien que "lleva cultura" a quienes supuestamente carecen de ella. Es alguien que trabaja con las culturas que ya existen en un territorio, las visibiliza, las potencia y las pone en diálogo.
El poder transformador de la gestión cultural
Uno de los aspectos más valiosos del planteo de Vich es su insistencia en que la gestión cultural no puede ser neutral. Toda intervención cultural implica una toma de posición frente a los problemas de su contexto. Por eso, el autor sostiene que la gestión cultural debe politizarse, entendiendo lo político no como militancia partidaria sino como la capacidad de intervenir en los vínculos sociales para neutralizar relaciones de poder que generan sociedades excluyentes .
¿Qué significa esto en la práctica? Significa que el gestor cultural debe:
Identificar los "fantasmas, estereotipos e imágenes" que median nuestras relaciones sociales para poder transformarlos y construir nuevos sentidos comunes .
Trabajar con los imaginarios sociales más que con los sujetos individuales, entendiendo que son esos imaginarios los que estructuran la vida social y las relaciones entre las personas .
Articular la gestión cultural con otros ámbitos como el desarrollo social, las problemáticas educativas, la seguridad en espacios públicos, la salud, la violencia de género y la lucha contra la corrupción . No se trata solo de "hacer cultura por la cultura", sino de entender que la intervención cultural puede incidir en problemas que parecen alejados de lo cultural.
Vich nos advierte, sin embargo, sobre un riesgo: que la gestión cultural se convierta en una mera tecnocracia enfocada únicamente en resultados y técnicas de gobierno . Este es un peligro real, especialmente cuando la formación en gestión cultural se reduce a aprender herramientas administrativas sin una reflexión profunda sobre los fines de la intervención cultural. Por eso, el autor insiste en que debemos formar gestores que no solo sepan "cómo hacer", sino que también se pregunten constantemente "para qué hacer" y "para quiénes".
¿Qué es un gestor cultural? El perfil de un agente de cambio
Vich dedica una parte importante de su reflexión a delinear el perfil del gestor cultural contemporáneo. Y lo hace en un tono que me parece especialmente inspirador para quienes estamos en formación.
El gestor cultural, según Vich, debe ser un agente de cambio comprometido con usar la cultura para promover una mayor ciudadanía e intervenir en problemas sociales . Pero esto no es una declaración abstracta: implica un conjunto muy concreto de saberes y disposiciones.
En primer lugar, el gestor cultural debe conocer a fondo el contexto local donde trabaja. Vich sostiene que la identidad principal del gestor es su conexión con la comunidad local . Esto significa saber cuáles son los problemas, conflictos y necesidades específicas del lugar, entender cómo se ejerce el poder en ese barrio o localidad, y conocer los recursos culturales que ya existen allí. No se puede intervenir desde afuera, desde un escritorio, sin comprender las dinámicas reales de un territorio.
En segundo lugar, el gestor cultural debe estar actualizado sobre los debates contemporáneos en ciencias sociales. Vich menciona explícitamente temas como políticas de género, políticas raciales, interculturalidad, migración y relaciones entre clases sociales . Estos conocimientos no son un adorno: son herramientas fundamentales para diseñar proyectos de intervención cultural que realmente interpelen las desigualdades y exclusiones de nuestro tiempo.
En tercer lugar, el gestor cultural debe tener habilidades curatoriales. Esto significa conocer bien la producción cultural en sus diversas formas (literatura, artes visuales, teatro, música, patrimonio, etc.) y ser capaz de organizarlas de maneras innovadoras para presentar nuevas narrativas . Vich habla de una identidad doble: la del etnógrafo, que detecta problemas ciudadanos concretos, y la del curador, que sabe articular esos problemas a través del material cultural .
Por último, y quizás lo más importante, el gestor cultural debe ser alguien que combate "lo naturalizado" de la cultura . Vivimos inmersos en sentidos comunes que damos por obvios: ideas sobre qué es "normal", qué es "correcto", qué lugar ocupa cada quién en la sociedad. El gestor cultural es, ante todo, alguien capaz de desnaturalizar esas evidencias, de mostrar que lo que parece inevitable es en realidad una construcción histórica y, por lo tanto, puede ser transformado.
La gestión cultural "desde abajo"
Otro concepto central del libro que quiero destacar es la idea de que la gestión cultural debe ser pensada "de abajo para arriba" . Esto implica una inversión radical de la lógica tradicional con la que se han diseñado muchas políticas culturales.Durante mucho tiempo, la gestión cultural se pensó desde el Estado o desde las grandes instituciones hacia la comunidad: "nosotros sabemos lo que ustedes necesitan, y nosotros se lo llevamos". Frente a esto, Vich propone que el Estado y las instituciones deben reinventarse como receptores de las iniciativas y necesidades que surgen de la sociedad civil . Los grupos y asociaciones culturales comunitarias deben encontrar receptividad en las instituciones, y son ellos quienes deben ocupar posiciones cada vez más hegemónicas en la definición de las políticas culturales.
Esto no significa que el Estado desaparezca, sino que su rol cambia: de ser el único actor que define qué es cultura y cómo se gestiona, pasa a ser un facilitador, un articulador, alguien que acompaña y potencia las iniciativas que ya existen en los territorios.
Vich destaca como ejemplo transformador el programa "Puntos de Cultura" , iniciado en Brasil y replicado en varios países de América Latina, que precisamente busca articular las políticas culturales estatales con las organizaciones culturales territoriales . Este tipo de experiencias nos muestran que otra forma de gestionar la cultura es posible.
Aplicación a la biblioteca escolar: desafíos para jóvenes gestores
Luego de este recorrido, quiero proponer algunas reflexiones específicas para su labor como jóvenes gestoras culturales encargadas de reproyectar la biblioteca escolar. ¿Cómo se traducen las ideas de Vich a este espacio concreto?1. La biblioteca como laboratorio de ciudadanía
Siguiendo a Vich, les propongo que dejen de pensar la biblioteca como un depósito de libros (el modelo tradicional de "La Cultura") y la conciban como un laboratorio vivo de ciudadanía y transformación. La pregunta no debería ser "¿cómo mantenemos ordenada la biblioteca?" sino "¿cómo hacemos de la biblioteca un lugar donde ocurren cosas que transforman la mirada de quienes la habitan?".
Esto implica, por ejemplo, que los libros no sean solo objetos de consulta, sino disparadores de debates, de preguntas, de proyectos. Una biblioteca gestionada desde esta perspectiva no es un espacio pasivo de estudio, sino un espacio activo donde se construyen colectivamente nuevos sentidos.
2. La biblioteca como espacio de heterogeneidad
Vich nos advierte sobre el peligro de homogenizar el gusto cultural. Aplicado a la biblioteca escolar, esto significa que no podemos limitarnos a lo que tradicionalmente se considera "buena literatura" o "material adecuado".
Una biblioteca pensada desde la gestión cultural como acción política debe incluir:
- Cómics, novelas gráficas y manga
- Música y podcasts
- Producciones de los propios estudiantes (fanzines, poemas, cuentos, grabaciones)
- Materiales que reflejen la diversidad cultural de la comunidad educativa
3. La biblioteca como espacio de mediación crítica
El rol del gestor cultural en la biblioteca no es simplemente "prestar libros". Es mediar entre los acervos culturales y las personas, pero también entre las personas entre sí. Y esa mediación, si seguimos a Vich, debe ser crítica.¿Qué significa esto? Que el gestor no debe imponer una mirada única, sino abrir preguntas. Si la escuela tiende a transmitir una versión oficial de la historia, la biblioteca puede ofrecer crónicas locales, testimonios, miradas artísticas alternativas. Si en el aula se naturalizan ciertas desigualdades de género, la biblioteca puede poner a disposición materiales que las problematice.
Vich habla de combatir "lo naturalizado" . En la biblioteca, esto se traduce en la capacidad de mostrar que las cosas podrían ser de otro modo. No se trata de adoctrinar, sino de ampliar el horizonte de lo posible.
4. La biblioteca como espacio de articulación comunitaria
Finalmente, la gestión cultural "desde abajo" que propone Vich implica que la biblioteca no puede cerrarse sobre sí misma. Debe ser un centro de articulación comunitaria que trascienda las paredes de la escuela .Esto puede significar:
- Invitar a familias y vecinos a actividades en la biblioteca
- Articular con bibliotecas populares, centros culturales u organizaciones del barrio
- Diseñar proyectos de lectura que impacten en problemas concretos de la comunidad
- Abrir la biblioteca en horarios que permitan el acceso de distintos sectores
Un último pensamiento para compartir
Vich nos previene sobre un riesgo que quiero compartir con ustedes como cierre: que la profesionalización de la gestión cultural la convierta en una tecnocracia alejada de su potencia transformadora . Este es un riesgo real, especialmente cuando la formación se enfoca exclusivamente en herramientas sin preguntarse por los fines.
Por eso, la invitación que les hago es a mantener siempre viva la pregunta por el sentido. ¿Para qué estamos haciendo esto? ¿A quiénes beneficia? ¿Qué relaciones de poder estamos cuestionando o reproduciendo? ¿Qué imaginarios estamos ayudando a construir?
Una biblioteca puede ser un espacio de reproducción de lo mismo o un espacio de apertura a mundos posibles. Como jóvenes gestoras, ustedes tienen en sus manos la posibilidad de decidir. Y ese poder, el poder de decidir qué tipo de mundo queremos habitar y habilitar para otros, es el poder más genuinamente político que podemos ejercer.
Como sostiene Vich, la gestión cultural no se reduce a la reflexión teórica ni a la mera producción de actividades. Es, ante todo, una práctica que piensa su condición política y, al mismo tiempo, pone en marcha nuevos métodos para construir identidades al margen de los sentidos comunes ya establecidos .
Ese es el desafío. Y también, creo, la mejor noticia: ser gestora cultural es mucho más que tener un trabajo. Es asumir una responsabilidad con la comunidad y con el tiempo que nos toca vivir.
Referencias
Vich, V. (2014). Desculturalizar la cultura: la gestión cultural como forma de acción política. México: Siglo XXI.
Vich, V. (2014). Desculturalizar la cultura: la gestión cultural como forma de acción política. México: Siglo XXI.
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